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Der Wolf und die sieben jungen Geisslein (Jacob & Wilhelm Grimm)

Les set cabretes i el llop El lobo y la siete cabritillas
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Catalan Spanish

Hi havia una vegada una mare cabreta que tenia set cabretes, i sempre que se n'anava a pasturar els deia: "La mare se'n va a pasturar, mireu que hi ha un llop que és molt llest i si no espavileu us agafarà, tanqueu la porta amb pany i clau, i quan vingui la mare us cantarà: Obriu! Obriu cabretes, que vinc de pasturar amb les mamelletes plenes per donar-vos de mamar! i així sabreu que sóc jo" Però, un dia, el llop va sentir el que deia la mare i va pensar fer-se passar per ella per a menjar-se les cabretes. El llop es va dirigir a la casa de les cabretes, va picar la porta i quan elles varen preguntar qui era va començar a cantar la cançó.

I de seguida les cabretes van començar a cridar: "Ja ve la mare! ja ve la mare!" - Però la més petita va protestar: "Espereu-vos! no correu tant! anem a veure ... Ensenya'ns la poteta per sota la porta" - El llop la va ensenyar i la més petita es va adonar que no era la de la seva mare!, i va dir -"Tu no ets la meva mare! Ets el llop! que la meva mare té les potetes blanquetes!" - i el llop, tot enfadat, se'n va anar al molí i, amb farina es va blanquejar les potes. I va tornar a casa de les cabretes, tot cantant -"Obriu, Obriu ... " - I les cabretes en sentir la cançó digueren: "Ja ve la mare! però ara que ens ensenyi la poteta per sota de la porta!" - el llop la va ensenyar, però com que la duia enfarinada, les cabretes van començar a cridar:

"Sí que és la mare! sí que és la mare!" - Però la més petita va dir: "No, no! espereu-vos! a veure si ens diu alguna cosa" - i com que el llop té la veu ronca, la més petita el va descobrir! "Tu no ets la meva mare! que ets el llop! que la meva mare té la veu fina!" - i el llop, tot enfadat, va dir - "No patiu! Ja us agafaré ja!" El llop se'n va anar a una posada i es va afinar la veu menjant molt ous, i quan ja la tenia prou fina, va tornar cap a casa de les cabretes tot cantant "Obriu, obriu cabretes, ..." I en sentir la cançó les cabretes van dir: "Ja ve la mare! ja ve la mare! però que ensenyi la poteta per sota la porta i que digui alguna cosa". I el llop va ensenyar la poteta que encara duia enfarinada i va parlar amb la veu molt fina i les cabretes van pensar que era la seva mare, obrint la porta, i el llop va entrar i es va menjar les cabretes una darrera l'altre, però la més petita es va amagar darrera el rellotge. I com que el llop no la va trobar, se'n va anar. Quan va tornar la mare cabreta va cantar: "Obriu, obriu cabretes ... " - I va entrar la mare a casa, que en veure tot potes enlaire va exclamar - "Ai! que els haurà passat a les meves cabretes!" - I la més petita va sortir del seu amagatall, tot cridant - "Mare! Mare! jo estic aquí! jo estic aquí!" - I la mare, en veure-la, li va preguntar - "Què ha passat?" - i la cabreta més petita li va respondre - "Que el llop ens ha enganyat i s'ha menjat a les meves germanetes!" - Però la seva mare li va dir - "No t'amoïnis, agafa la cistella i el cosidor, que el llop sempre es posa allà a la vora del riu, a l'ombra d'un pi a fer la migdiada" I anant cap el riu la cabreta petita va arreplegar pedres, i pedres, i més pedres, i va omplir la cistella. En arribar, la mare cabreta va agafar les tisores i li va tallar la panxa de dalt a baix. Va fer sortir totes les cabretes i li van omplir la panxa de pedres. El van tornar a cosir i el van deixar dormint. Quan el llop es va despertar, va dir: - "Quina set que tinc, sembla com si hagués menjat pedres!" - i es va abocar per beure aigua del riu , i va caure-hi a dins i es va ofegar! I vet aquí un gos, vet aquí un gat, aquest conte, s'ha acabat!

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. "Hijas mías," les dijo, "me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas." Las cabritas respondieron: "Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila." Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: "Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una." Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. "No te abriremos," exclamaron, "no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo." Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: "Abrid hijitas," dijo, "vuestra madre os trae algo a cada una." Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: "No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!" Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: "Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta." Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: "Échame harina blanca en el pie," díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: "Si no lo haces, te devoro." El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: "Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque." Las cabritas replicaron: "Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre." La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: "Madre querida, estoy en la caja del reloj." Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: "Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme." Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

"¿Qué será este ruido

que suena en mi barriga?

Creí que eran seis cabritas,

mas ahora me parecen chinitas."

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: "¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!" Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.



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