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Der Wolf und die sieben jungen Geisslein (Jacob & Wilhelm Grimm)

Vlk a sedm kůzlátek El lobo y la siete cabritillas
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Byla jednou jedna stará koza a ta měla sedm kůzlátek. Velmi je milovala, jako jen matka může milovat své děti. Jednoho dne musela jít do lesa na trávu. Svolala si kůzlátka a pravila: „Milované děti, já musím do lesa. Buďte tu hodné, dobře zavřete dveře a mějte se na pozoru před vlkem. Ten netvor se často vydává za někoho jiného, ale podle jeho hrubého hlasu a černých tlap ho vždycky poznáte.“ Kůzlátka odpověděla: „Milovaná maminko, budeme se míti na pozoru, můžete jít bez obav.“ Tak odešla koza do lesa.

Za nějakou chvíli někdo zaklepal na dveře: „Otevřete milé děti, vaše maminka přišla a každému něco dobrého přinesla.“ Ale kůzlátka uslyšela hrubý hlas a bylo jim hned jasné, že to je vlk. „Neotevřeme!“ volala: „Ty nejsi naše maminka, ta má tenký a milý hlásek, ale tvůj hlas je jako struhadlo! Ty jsi vlk!“

Tak vlk zašel ke kramáři a koupil si kus křídy. Tu pak sežral a rázem měl tenký hlásek. Šel zpět, klepal na dveře a volal: „Otevřete milé děti, vaše maminka přišla a každému něco dobrého přinesla.“ Ale kůzlátka uviděla vlkovy černé tlapy a odpověděla: „Neotevřeme, naše maminka nemá černé tlapy! Ty jsi vlk!“

Tak vlk běžel k pekaři a řekl mu, že si poranil tlapy, ať mu dá kousek těsta. A když mu pekař tlapy namazal těstem, běžel vlk za mlynářem, ať mu tlapy pomoučí. Mlynář se zdráhal, tušil, že chce někoho napálit, ale když mu vlk řekl, že ho sežere, když mu nohy nepomoučí, udělal, co měl. A vlk běžel ke kůzlátkům, zaklepal a volal: „Otevřete milé děti, vaše maminka přišla a každému něco dobrého přinesla.“ A položil na okno svoje bílé tlapy, aby kůzlátka viděla, že je to maminka a otevřela mu dveře. To bylo děsu, když dovnitř vtrhnul vlk. Kůzlátka se snažila zachránit, jedno skočilo pod stůl, druhé do postele, třetí do pece, čtvrté do kuchyně, páté do skříně, šesté pod umyvadlo, sedmé do hodin. Ale vlk je postupně našel a spolykal, jenom to sedmé v hodinách nenašel. Když se tak skvěle nasytil, odvalil se pryč, lehl si venku na zelenou louku a usnul.

Zanedlouho poté přišla koza z lesa domů a co viděla? Dveře byly otevřené, stůl, židle a lavice převrácené, umyvadlo rozbité na podlaze, polštáře a přikrývky na posteli rozházené. Hledala své děti, ale nemohla je nikde najít, volala je jmény jednoho po druhém, ale nikdo neodpovídal, až zavolala to sedmé, odvětil jí tenký hlásek a ona ho vysvobodila z úkrytu v hodinách. A sedmé kůzlátko jí vyprávělo, jak přišel vlk a bratříčky sežral. Nedovedete si představit, jak hořce pro své nebohé děti koza naříkala a plakala. Nakonec vyšla s tím nejmenším ven, a když přišli na louku, uviděli ležet pod stromem vlka, který chrápal, až se větve třásly. Koza vlka ze všech stran obhlížela a viděla, že v jeho obrovském břichu se něco pohybuje a převrací. „Ach dobrotivý bože,“ pomyslila si: „jsou to moje ubohé děti, které spolykal k večeři, snad ještě žijí!?“

Tak poslala nejmladší kůzle domů, aby jí přineslo nůžky, jehlu a nit. A pak rozstřihla té stvůře břicho a sotva poprvé střihla, vykoukla hlavička jednoho kůzlátka, a když dále stříhala, postupně vyskákala všechna kůzlátka, byla celá a zdravá, neboť nenasytný vlk je spolykal celá. To bylo radosti! Kůzlátka se k mamince tiskla a tancovala kolem ní jako švec na svatbě. Ale koza řekla: „Teď běžte a přineste velké kameny, musíme tomu netvorovi naplnit břicho, dokud spí!“ Tak kůzlátka přivlekla velké kameny a naskládala je vlkovi do břicha, co se do něj vešlo. Pak mu koza zašila ránu, aniž by to vlk zpozoroval nebo se vůbec za celou dobu pohnul.

Konečně se vlk probudil a postavil na nohy. A protože mu od toho kamení bylo těžko od žaludku, chtěl se napít ze studně. Když se rozběhnul, začaly se kameny v jeho břiše o sebe tlouci, čemuž se podivil, neboť spolykal kůzlátka a má v břiše snad kamení. Když se přivalil ke studni a naklonil se nad vodu, těžké kameny ho stáhly dolů a on se bídně utopil.

A sedm kůzlátek, která to viděla, se běžela na jeho konec podívat a volala: „Je po vlkovi! Je po vlkovi!“ A chytila se za ruce a samou radostí i s mámou tancovala kolem studny.

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. "Hijas mías," les dijo, "me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas." Las cabritas respondieron: "Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila." Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: "Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una." Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. "No te abriremos," exclamaron, "no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo." Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: "Abrid hijitas," dijo, "vuestra madre os trae algo a cada una." Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: "No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!" Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: "Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta." Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: "Échame harina blanca en el pie," díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: "Si no lo haces, te devoro." El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: "Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque." Las cabritas replicaron: "Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre." La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: "Madre querida, estoy en la caja del reloj." Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: "Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme." Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

"¿Qué será este ruido

que suena en mi barriga?

Creí que eran seis cabritas,

mas ahora me parecen chinitas."

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: "¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!" Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.



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