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Author: Asbjørnsen & Moe - 1841

Translated into Spanish

Original title (Norwegian):
Håken Borkenskjegg

Country of origin: Norway

Story type: King Thrushbeard (ATU 900)

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Haaken Grizzlebeard

Asbjørnsen & Moe

Había una vez una princesa que era tan orgullosa, pero tan orgullosa, que ningún aspirante era lo bastante bueno para ella. Ella se burlaba de todos ellos, y los devolvía uno tras otro. Pero a pesar de esto, nuevos aspirantes seguían llegando al palacio, porque tal era la belleza de la pícara mala.

Un día que un príncipe vino a cortejarla, su nombre era Haaken Grizzlebeard. La primera noche que él estuvo allí, la princesa le ordenó al bromista del rey que cortara las orejas de uno de los caballos del príncipe, y abriera en canal la mandíbula de otro hasta las orejas. El día siguiente cuando el príncipe fue a dar una vuelta, la princesa estaba de pie en el porche y lo miró.

—¡Bien! —ella dijo—, yo nunca vi algo como esto en toda mi vida; el viento norte que sopla aquí es tan afilado que ha cortado las orejas de uno de sus caballos, mientras que el otro se quedo con la boca tan abierta que sus mandíbulas se abrieron hasta sus orejas.—

Con eso ella soltó su risa, corrió dentro, cerró de golpe la puerta, y se marchó.

Él volvió a su casa; pero cuando él se fue pensó que se las cobraría algún día. Después de un tiempo, él se puso una gran barba llena de musgo, tiró una capa de piel grande encima de su ropa, y se vistió como un mendigo. Él fue a donde un orfebre y le compró una rueca que hilaba oro, y se sentó debajo de la ventana de la princesa y empezó a mover su rueca e hiló.

Así cuando la princesa se levantó por la mañana, ella vino a la ventana y la abrió, y le preguntó al mendigo si él vendía su rueda que hilaba oro.

—No, no es para la venta, —dijo Haaken Grizzlebeard—; pero si yo puedo dormir esta noche frente la puerta de su alcoba, yo se la daré.

La princesa pensó que era una ganga buena; no podría haber peligro permitiéndole dormir fuera de su puerta.

Así que ella consiguió la rueda y esa noche que Haaken Grizzlebeard se extendía fuera de su alcoba. Pero cuando la noche llegó él se empezó a helar.

—¡Huttetuttetuttetu! Este lugar es muy frío; déjeme entrar,— él lloró.

—Yo pienso que usted está loco,— dijo a la princesa.

—¡Oh, Huttetuttetuttetu! El frío es tan amargo, por favor déjeme entrar,— dijo Haaken Grizzlebeard de nuevo.

—¡Este callado! ¡Calle su lengua! —dijo la princesa—. Si mi padre sabe que afuera había un hombre en la casa, yo puedo estar en serios problemas.

—¡Oh, Huttetuttetuttetu! Yo casi me congelo. Simplemente déjeme entrar y me quedare en el suelo,— dijo Haaken Grizzlebeard.

Nada ella podría hacer sobre eso. Ella tenía que dejarlo entrar, y cuando él estaba dentro, él se puso en el suelo y cayó dormido.

Algo después, Haaken se levantó y fue de nuevo a donde estaba la rueca que hilaba el oro y se sentó debajo la ventana de la princesa, y empezó a trabajar, duro. Cuando ella le oyó trabajar, ella abrió la ventana y empezó a hablar con él, y para preguntar lo que él hacía.

—Oh, sólo es el soporte de esa rueca de hilar que su alteza real compró. Yo pensé que ya usted tenía la rueda podría gustarle tener el soporte también.

—¿Qué usted quiere por ella?— pregunto la princesa.

—No está a la venta más que la rueda, pero podría tenerlo si me permite dormir en el suelo de su alcoba la próxima noche.

Ella estuvo de acuerdo, pero sólo si él habría para estar seguro todavía quedar, y no estremecerse y convocar el frío, o cualquier otra cosa. Haaken Grizzlebeard prometió bastante a la feria, pero cuando la noche llevó en él empezó a estremecerse y agitar, y para preguntar si él no podría venir más cerca y quedarse en el suelo junto a la cama de la princesa.

Ella no podría hacer nada sobre eso; ella tendría que permitirlo, o el rey oiría el ruido que él estaba haciendo. Así que Haaken Grizzlebeard se puso junto a la cama de la princesa y cayó dormido.

No paso mucho rato antes de que Haaken Grizzlebeard se levantara de nuevo, esta vez hilo un carrete de estambre dorado y él se sentó y empezó a trabajar duro bajo la ventana de la princesa. Entonces la historia se repitió de nuevo. Cuándo la princesa oyó lo qué está pasando, ella vino a la ventana y le preguntó que estaba haciendo y si él le vendería el carrete de estambre dorado

—No tiene valor el dinero; pero yo se lo daré a usted por nada, si usted me permite dormir esta noche en su alcoba, con mi cabeza en la armadura de la cama—.

Ella estuvo de acuerdo, pero sólo si él daba su palabra de estarse callado y no hacer ningún ruido. Él dijo que él haría su mejor esfuerzo; pero cuando la noche llevó de nuevo, él se empezó a estremecerse y agitar hasta que sus dientes brincaban.

—¡Huttetuttetuttetu! ¡Es el frío tan amargo! Permítame entrar en la cama a calentarme un poco,— dijo Haaken Grizzlebeard.

—¡Entrar en la cama!— dijo a la princesa—; por qué, ¿usted debe estar loco?.—

—¡Huttetuttetuttetu!— dicho Haaken—; permítame entrar en la cama. ¡Huttetuttetuttetu!—

—¡Silencio! ¡Silencio! ¡Por Dios, esté callado!— dicho a la princesa. —Si mi padre sabe que hay un hombre aquí dentro yo estaré en serios problemas. Yo estoy segura que él me mataría en el sitio.—

—¡Huttetuttetuttetu! Permítame entrar en la cama,— dijo Haaken Grizzlebeard que siguió estremeciéndose hasta que el cuarto entero se agitaba. Había bien, nada que ella podría hacer sobre eso. Ella tenía que permitirle entrar en la cama. Él durmió sanamente y suavemente, pero poco después la princesa dio a luz a un niño. El rey estaban tan furioso y molesto que él iba a lanzar a los dos, la madre y el bebé, a la calle.

Después de que eso pasara, Haaken Grizzlebeard regresó con paso fuerte una vez más, como por casualidad y tomó asiento en la cocina, como cualquier otro mendigo.

Cuando la princesa salió y lo vio, ella lloró,— Ah, Dios tenga misericordia de mí, mire la suerte mala usted que me ha traído. Mi Padre está hecho una furia. Permítame ir a casa con usted.—

—Usted esta loca si tiene la idea en seguirme,— dijo Haaken,— porque yo tengo ni una choza de leños para vivir; y yo no sé cómo la alimentaría, si apenas yo si puedo encontrar comida para mí simplemente—.

—No me preocupa cómo usted la consigue, o si usted la consigue en absoluto,— ella dijo—; sólo permítame estar con usted, si yo me quedo por aquí seguro que mi padre me matará ciertamente —.

Así que ella consiguió el permiso para ir con el mendigo, ella lo siguió y ellos caminaron por mucho y mucho tiempo, aunque ella no era una buena caminadora. Cuándo ella dejó la tierra de su padre y entró en otro reino, ella preguntó de quien era.

—¡Oh! Éste reino es Haaken Grizzlebeard, si usted quiere saber,— él dijo.

—¡De hecho!— dicho a la princesa. —Yo pude haberme casado con él si yo hubiera querido, y entonces no habría tenido que caminar como la esposa de un mendigo—.

Ellos vieron grandes castillos, bosques y parques, y cuando ella preguntó de quien eran ellos, la respuesta del mendigo siempre era la mismo, —Oh! Ellos son Haaken Grizzlebeard—. La princesa estaba muy triste que ella no hubiera escogido al hombre que tenía las tales tierras. Al final de todo aquello, llegaron a un palacio dónde él dijo que él era conocido, y donde él pensaba que él pudiera conseguir el trabajo para ella, para que ellos pudieran conseguir algo que comer. Él construyó una cabaña al borde de los bosques para ellos vivir dentro. Todos los días él fue al palacio del rey, diciendo que iba a cortar madera y cargar el agua para el cocinero y cuando él regresaba traía unos trozos de comida; pero ellos no eran suficientes.

Un día, cuando él vino casa del palacio, él dijo,— Mañana yo me quedaré en casa y cuidaré al bebé, pero usted deberá ir al palacio, porque el príncipe me dijo que usted podría ir y trabajar en la cocina.—

—¡Cocinar!— dijo a la princesa—; yo no se cocinar, porque yo nunca hice tal cosa en mi vida.—

—Bien, usted debe ir,— dijo Haaken,— ya que el príncipe lo ha dicho. Si usted no sabe cocinar, usted puede aprender; usted sólo tiene que mirar cómo los demás trabajan y cocinan en el horno; y cuando usted salga, usted debe robar un poco de pan para mí.—

—Yo no puedo robar,— dijo a la princesa.

—Usted puede aprender eso también,— dijo Haaken—; usted sabe que nosotros estamos muy cortos de comida. Pero cuidado de la descubre el príncipe, porque él tiene los ojos por todas partes.—

Cuando ella estaba de camino, Haaken corrió por un atajo y llegó al palacio ante que ella, y se quitó sus trapos y se puso sus túnicas magníficas.

La princesa tomó su lugar en la panadería, e hizo como Haaken le había ordenado, ella robó pan hasta que sus bolsillos estaban llenos. Esa tarde, cuando ella estaba a punto de ir a casa, el príncipe dijo,— Nosotros no sabemos mucho de esta mujer vieja vagabunda. Yo creo que deben revisarla mejor por si ella está llevándose algo.—

Él empujó su mano en todos sus bolsillos, y cuando encontró el pan, se puso muy enfadado, y lo levantó con un gran movimiento.

Ella empezó a gemir y llorar, y dijo,— El mendigo me hizo hacerlo, y yo no podía negarme.—

—Bien,— dijo al príncipe por fin,— debe de haber ido duro con usted; pero por causa del mendigo yo la perdonaré esta vez.—

Cuando ella estaba en su camino a casa, él se quitó sus túnicas, se puso su disfraz y su barba falsa, y llegó a la cabaña ante que ella. Cuando ella vino casa, él estaba ocupado tendiendo al bebé.

—Usted me hizo ir contra mi propia conciencia. Hoy fue la primera vez yo alguna vez robé, y será la última—; y con eso ella le dijo cómo le había ido y lo que el príncipe había dicho.

Después, unos días Haaken Grizzlebeard vino casa por la tarde y dijo,— Mañana yo me quedaré en casa cuidando al bebé, porque ellos van a matar a un cerdo en el palacio, y usted debe ayudarles a hacer las salchichas.—

—¡Yo hacer salchichas!— dijo a la princesa—; yo no puedo hacer tal cosa. Yo he comido las salchichas bastante a menudo, pero yo nunca he hecho una en mi vida.—

Pero nada ella podría hacer sobre eso; el príncipe lo había dicho, y ella tenía que ir. En cuanto a no saber cómo, ella sólo tenía que hacer lo que los otros hicieron, y al mismo tiempo Haaken le pidió que robara algunas salchichas para él.

—No, yo no puedo robar,— ella dijo—; usted sabe cómo me fue la vez pasada—.

—Bien, usted puede aprender a robar. ¿Quién sabe? Usted puede tener buena suerte esta vez,— dijo Haaken Grizzlebeard.

Cuando ella estaba de camino, Haaken corrió por un atajo, llegó al palacio ante que ella, se quitó su disfraz y la barba falsa, y estaba de pie en la cocina con sus túnicas reales cuando ella entró. Así la princesa de pie por cuando el cerdo fue matado. Ella hizo salchichas con los otros y ella hizo como Haaken le había dicho antes, llenó sus bolsillos lleno de salchichas. Esa tarde, cuando ella estaba a punto de ir a casa, el príncipe dijo,— la esposa de este mendigo robó la vez pasada; nosotros debemos ver si ella no se está llevando nada.

Así él empezó a empujar sus manos en sus bolsillos y cuando encontró las salchichas, estuvo de nuevo muy enfadado, y amenazaba con enviarla al alguacil y tirarla en la cárcel.

—¡Oh, Dios bendiga a su alteza real; permítame ir! El mendigo me hizo hacerlo,— ella dijo, y lloró amargamente.

—Bien,— dijo Haaken,— usted ha pecado por él; pero por que es culpa del mendigo yo la perdono.—

Cuando ella se hubo sido, él cambió su ropa de nuevo, corrió por el atajo, y cuando ella llegó a la cabaña, allí él estaba ante ella. Ella le contó la historia entera, y juró fue la última vez que él conseguiría que ella hiciera tal cosa.

Poco después vino un hombre del palacio y dijo, —Nuestro príncipe va a casarse, pero la novia está enferma, así que el sastre no puede medirla para su vestido de la boda. El príncipe quiere que usted vaya al palacio y se mida en lugar de la novia; porque él dice que usted es de la misma altura y forma—.

A lo que el mendigo dijo:

—Después de que usted haya modelado, simplemente no salga. Usted puede estar de pie y cuando el sastre recorta el vestido, usted puede recoger los trozos más grandes, y los trae casa para un chaleco para mí.

—No, yo no puedo robar,— ella dijo—; además usted sabe cómo fue la vez pasada.—

—Usted puede aprender entonces,— dijo Haaken,— y usted puede tener la suerte esta vez.—

Ella lo pensó, pero inmóvil ella fue e hizo como se le dijo. Ella estuvo de pie mientras el sastre estaba recortando el vestido, y ella barrió los trozos más grandes y los puso en sus bolsillos; y cuando ella estaba por salir, el príncipe dijo, —Nosotros debemos ver si esta mendiga no se ha llevado nada esta vez—.

Así que él empezó a investigar sus bolsillos, y cuando encontró los pedazos se puso muy enfadado, y empezó a estampar y reñir furiosamente, mientras ella lloró y dijo,— Por favor perdóneme; el mendigo me hizo hacerlo, y yo no podía desobedecer.—

—Bien, usted está instigada por él,— dijo Haaken—; pero por ser causa del mendigo yo la perdono.—

Así que fue ahora así como había ido antes, y cuando ella volvió a la cabaña, el mendigo estaba allí ante ella. —Oh, el cielo me ayude,— ella dijo—; usted será culpable de mi muerte. El príncipe estaba tan enfadado que él nos amenazó a ambos con el alguacil y cárcel.—

Una tarde, después, algún tiempo Haaken vino casa a la cabaña y dijo,— El príncipe la quiere en el palacio y que reemplace a la novia, porque la novia todavía está enfermo en la cama. Él no aplazará la boda, y él dice, que usted es como ella, que nadie puede decir lo otro; así que tan pronto llegue la mañana usted debe estar lista para ir al palacio.—

—Yo pienso que usted está loco, usted y el príncipe,— ella dijo. —¿Usted cree que yo parezco estar en buena salud para estar de pie en el lugar de la novia? ¡Míreme! ¿Cualquiera pobre jovencita esta mejor que yo?—

—Bien, el príncipe dijo que usted es quien tiene que ir,— dijo Haaken Grizzlebeard.

Nada ella podía hacer sobre eso. Ella tenía que ir; y cuando ella llegó al palacio, ellos la vistieron tan finamente que ninguna princesa alguna vez fue tan bonita.

La procesión nupcial fue a iglesia dónde ella representaba en la novia, y cuando ellos regresaron, allí estaba bailando y alegría en el palacio. Pero así como ella estaba bailando con el príncipe, ella vio un destello de luz a través de la ventana, y miró la cabaña al borde de los bosques toda en llamas.

—¡Oh! El mendigo, el bebé, la cabaña,— ella gritó y casi se desmaya.

—Aquí están el mendigo y el bebé, y así que permita a la cabaña quemarse,— dijo Haaken Grizzlebeard.

Ella lo miró de nuevo y entonces la alegría y la celebración empezó de verdad. Desde ese tiempo yo no he oído hablar nada más de ellos.